lunes, 19 de octubre de 2009

quería compartir con ustedes esta historia...que escribí


JUANA
El viento blanco rugía ferozmente, entre las tablas gastadas y grises de las casi inexistentes persianas de las ventanas ,de aquella añeja escuela; perdida en la línea misma del horizonte. Allí estaba yo... ensimismada en mis penas y casi sin poder mirar hacia afuera, el rugido del viento, el crujir de las ramas, vencidas ya ,de los árboles, acechaban con caer sobre las chapas de la piecita, era viernes por la noche y yo ¡ahí¡ tenía apenas 22 años...pero...tenía que trabajar¡
Deseosa de un sonido que no fuera otro que el que oía, rompió la monotonía el crepitar de los copos de nieve que se asotaban contra los vidrios y se derretían cual lágrimas de un niño sobre su mejilla.
Sin luz, sin gas, sin TV, sin amigos, más que el sólo hecho de saber que estaba el trabajo estable...En mi corazón endilgaban tan sólo penas...y...añoranzas de amores idílicos...típicos de una jóven que tan sólo deseaba un abrazo o una caricia de un ser que la amara...
Me asomé a la salamandra que despedía humo y calor a la vez, a veces se acababa la leña y había que racionar, por eso los diarios viejos que muchas veces los leía una y otra vez, servían también para calentar un poquito, escondida bajo la cama yacía un trozo de leña que ocultaba para los momentos difíciles y creí oportuno ese momento...
con movimientos suaves y obsoletos la coloqué dentro de la estufa suplicándole a ese leño que durara toda la noche para poder dormir tranquila y calentita sin tiritar, pero...en mi subconciente sabía que eso no sucedería y la realidad sería otra...
Saqué en forma silenciosa como queriendo no entorpecer a los ruidos de la naturaleza, de una bolsa plástica una bufanda gris, que hacía muchos años le había tejido a mi madre ,con unos puntos tan simples como el color elegido, cada punto, cada línea ,me llevaba y traía hacia el pasado, a casa, a la cocina, al aroma de los jazmines del jardín, al rostro de mi madre, quien había muerto hacía muchos años...
Me tapé con ella y froté mis manos abruptamente para pasar la sensación helada que entraba por todos los recovecos del lugar, y otra vez apoyada en el alfeizar de la ventana...esperando...esperando...Pero...de pronto un sollozo suave y continuo me despertó de mi ensoñación...miré hacia atrás y una pequeña niña del internado estaba allí ,a mi lado, descalza y con la ropita corta...que el sólo mirarla me producía más frío, me agaché hasta la altura de una niña de apenas seis años y le pregunté ¿por qué lloras Juanita?...y ella temblaba y sus palabritas entrecortadas me pudieron transmitir...TENGO FRIO...Pensé que a los 22 años la vida ya estaba resuelta pero, !no¡ una pequeña niña me había traído un problema que ni yo sabía resolver...fue así que la senté en mi falda y nos sentamos juntas al lado de la salamandra a ver la fogata desvanecer...pero luego seguiría su frío...En un acto de iluminación le pregunté ¿sabes hacer un ovillo? no ¡ me respondió...y los chicos a esa edad todo lo quieren hacer...¿Hagamos uno? le dije y ella empezó a saltar...tanto que el frío pareció alejarse de ella, la mandé a buscar sus medias a su habitación, las achiqué, las cocí, las lavé y las colgué en un clavo de la pared que estaba arriba de la estufa, mientras ella preguntó y el ovillo? y el ovillo? asique abracé por última vez mi bufanda, la acaricié y traté de sacar el último aroma y recuerdo que quedaba de mi madre y los arropé en el fondo de mi corazón, desprendí el nudito final y comencé a destejerla, y ella a hacer el ovillo que nos llevó un largo tiempo, pues el secreto era hacerlo despacio, creo que en realidad era el tiempo que yo necesitaba para despedirme de ella, pues, era lo unico que traje cuando huí de casa. El ovillo se terminó y la bufanda se desvaneció silenciosamente...
Como ya era tarde la mandé a dormir con sus compañeras, como corresponde y al cuidado de su celadora, con la promesa que al día siguiente habría una sorpresa...En la noche salí alumbrada por una linterna y una compañera de trabajo me acompañó al campo, que estaba ahí nomás abriendo la puerta...encontré escarbando entre la nieve dos ramas perfectas...con un cuchillo de cocina, las pelé y las dejé lisitas, las sequé un poco al fuego y eran las agujas perfectas, como las noches son largas y parecen nunca acabar, me puse a tejer un pullover para Juana...la envolví en un diario casi sin arrugas y le hice un moño de chala de choclo, lo pinté con tempera y se lo dí al día siguiente. Ella lo abrió y con lagrimitas en los ojos me dijo...¿vio seño? ¡cuando uno aprende a hacer un ovillo se le pasa el frío¡ cuando se alejó por el patio con su paquete me di cuenta que: LOS NIÑOS TAMBIEN SE SIENTEN SOLOS..
gracias Juana por enseñarme tantas cosas ese día....
GEM

2 comentarios:

Morocha dijo...

Gem, me ha encantado tu relato ...
He disfrutado al leer esta historia agridulce, como la vida ...
Gracias por compartirla :)

Cariños
Silvana
Morocha

ROSER dijo...

Que bonito relato, sigue escribiendo, lo haces bien y pienso que puedes conseguir escribir lindas historias igual que tus bellos trabajos.
Felicidades
Roser